Artesano trabajando madera en Fez

El Viaje Que te Lleva Más Allá del Plato: Por Qué Fez es la Ciudad Que Todo Amante de la Gastronomía Debe Visitar

Nunca olvidaré el momento en que Fatima, la dueña de un pequeño restaurante escondido en el laberinto de la medina de Fez, me miró con una sonrisa cómplice y dijo: «Olvida todo lo que sabes sobre la comida marroquí. Aquí, en Fez, comemos diferente». Tenía toda la razón. Después de haber visitado Marrakech y Casablanca, pensaba que conocía la gastronomía de Marruecos. Pero Fez me demostró que cada ciudad guarda sus propios secretos culinarios, y los de la capital espiritual del país son especialmente deliciosos.

El Despertar de los Sentidos en el Zoco

Mi aventura gastronómica comenzó, como no podía ser de otra manera, en el corazón palpitante de Fez el-Bali. A las nueve de la mañana, cuando el sol apenas iluminaba las estrechas callejuelas, los aromas ya competían por mi atención: el olor dulzón de las pastas de almendra recién horneadas, el perfume penetrante del comino y el cilantro fresco, y ese aroma característico a pan que sale directo de los hornos comunales del barrio.

Me detuve en un pequeño puesto donde un señor mayor, con manos curtidas por años de trabajo, preparaba msemen sobre una plancha de metal que brillaba por el uso constante. Observé fascinado cómo doblaba y estiraba la masa con una destreza hipnótica, creando esas capas crujientes que hacen del msemen el desayuno perfecto. Lo acompañé con un vaso de té moruno tan dulce que casi me hizo toser en el primer sorbo, pero que después de unos días en Fez, acabé pidiendo «como los locales lo toman».

Consejo práctico: Los mejores msemen no están en los lugares turísticos, sino en esos puestos diminutos donde hacen cola los fasíes de camino al trabajo. Pregunta en tu riad dónde desayunan ellos, esa será tu mejor guía. El precio ronda los 5-7 dirhams por unidad.

El Descubrimiento del Tagine Fasí

Había comido tagines en otros lugares de Marruecos, pero el que probé en Fez fue una revelación. En un restaurante familiar llamado Café Clock—recomendado no por una guía turística sino por Mohammed, el taxista que me llevó desde la estación—descubrí el auténtico tagine fasí con ciruelas pasas y almendras.

La diferencia estaba en los detalles: la carne de cordero se deshacía con solo mirarla, cocida durante horas hasta alcanzar esa textura que se funde en el paladar. Las ciruelas pasas aportaban un dulzor profundo que contrastaba perfectamente con la complejidad de las especias: canela, jengibre, azafrán. Y encima, espolvoreadas como pequeñas joyas doradas, las almendras tostadas añadían ese crujiente necesario.

Pero lo que realmente hizo especial esa comida fue la conversación con Rachid, el joven camarero que se sentó conmigo unos minutos para explicarme la historia del plato. Me contó cómo cada familia fasí tiene su propia versión, transmitida de generación en generación, y cómo su abuela todavía regaña a su madre por «no poner suficiente ras el hanout». Esos momentos de conexión humana son los que convierten una buena comida en un recuerdo imborrable.

La Experiencia de las Tenerías y el Almuerzo Inesperado

Después de visitar las famosas tenerías de Chouara—con ese olor intenso a cuero y tintes naturales que se queda contigo durante horas—necesitaba algo reconfortante. Un grupo de trabajadores de las tenerías me indicó un pequeño comedor sin nombre, básicamente cuatro mesas en un callejón donde servían harira y brochetas de kefta.

La harira, esa sopa espesa de lentejas y garbanzos con tomate y especias, llegó en un cuenco humeante acompañada de dátiles y pan khobz recién hecho. Cada cucharada era un abrazo cálido después de la experiencia sensorial—y olfativa—de las tenerías. Las brochetas de kefta, hechas con carne picada mezclada con perejil y especias, estaban jugosas y perfectamente condimentadas. Costó todo el menú 35 dirhams (unos 3,50 euros), y fue una de las mejores comidas de mi viaje.

La Clase de Cocina que lo Cambió Todo

Al cuarto día en Fez, reservé una clase de cocina en un riad tradicional. Pensé que sería una típica actividad turística, pero resultó ser el punto culminante de mi ruta gastronómica. Nuestra instructora, Khadija, una mujer de unos sesenta años con una energía contagiosa, nos llevó primero al mercado.

«La cocina marroquí empieza aquí», dijo mientras seleccionaba tomates con la precisión de un joyero eligiendo diamantes. Me enseñó a distinguir el cilantro fresco del perejil (que en árabe se llaman prácticamente igual), a negociar precios sin ofender, y a reconocer el azafrán auténtico del falso.

De vuelta en la cocina del riad, preparamos pastilla de pollo—ese increíble plato que combina dulce y salado en capas de masa filo—y un tagine de verduras con limones confitados. Mientras cocinábamos, Khadija compartió historias de su familia, de bodas y celebraciones, de cómo la comida en Marruecos nunca es solo comida, sino un lenguaje de amor y comunidad.

Consejo práctico: Las clases de cocina suelen costar entre 300-500 dirhams por persona e incluyen la visita al mercado, la preparación y la comida. Reserva con al menos dos días de antelación. Muchos riads ofrecen este servicio, pero pregunta si la clase la imparte una cocinera local, no un chef de restaurante.

Lámpara marroquí de cobre artesanal calada

Las Dulzuras del Barrio Judío

Mi última tarde en Fez la pasé explorando el Mellah, el antiguo barrio judío, donde las pastelerías son verdaderos tesoros escondidos. Entré en una tienda diminuta cuyo escaparate exhibía pirámides perfectas de galletas bañadas en miel, cuernos de gacela rellenos de pasta de almendra, y esos dulces con forma de flor llamados chebakia.

La señora que atendía, con su delantal manchado de harina como medalla de honor, me preparó una caja surtida mientras me explicaba en francés entrecortado que su familia llevaba tres generaciones haciendo dulces en ese mismo local. Probé los kaab el ghazal (cuernos de gacela) todavía tibios, y el contraste entre la masa delicada y el relleno aromático con agua de azahar fue simplemente perfecto.

Reflexiones Entre Sabores

Mientras saboreaba un último té de menta en la terraza de mi riad, observando cómo el sol se ponía sobre los minaretes de Fez, comprendí que esta ruta gastronómica había sido mucho más que probar platos deliciosos. Había sido una puerta de entrada a la cultura fasí, a sus tradiciones, a sus ritmos y a su gente.

Cada comida había sido una conversación, cada mercado una lección de historia, cada receta un vínculo entre pasado y presente. Fez me enseñó que comer en Marruecos es un acto de comunidad, de generosidad, de preservación de la memoria. Y aunque volví a casa con unos kilos de más y la maleta llena de especias, lo que realmente me llevé fue una comprensión más profunda de cómo la comida puede ser el puente más hermoso entre culturas.


Consejos Adicionales:

  • Hidrátate constantemente: El clima de Fez puede ser muy seco. Lleva siempre una botella de agua contigo mientras exploras.
  • Come donde comen los locales: Si ves un lugar lleno de fasíes a la hora de comer, probablemente sea bueno y económico. No temas entrar aunque no haya menú en inglés.
  • Reserva con hambre: Las porciones en Fez son generosas. Es común compartir varios platos y probar de todo.

Mejor época para visitar:

La primavera (marzo a mayo) y el otoño (septiembre a noviembre) son ideales para una ruta gastronómica por Fez. Las temperaturas son agradables para caminar por la medina durante horas, y en primavera encontrarás las verduras y frutas más frescas en los mercados. Evita el verano si no toleras bien el calor intenso, ya que las callejuelas de la medina pueden convertirse en hornos al mediodía.

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